rechaza cualquier tipo de violencia

El aguafiestas

Publicado: 2013-08-02

Tengo con mi hijo adolescente cientos de diferencias, no más de las que todo padre suele tener con los suyos cuando llegan a la inevitable edad de la rebeldía y lo contestatario. Pero ninguna diferencia más honda como la que nos separa en los temas deportivos. Como la de hoy, por ejemplo, que a él lo ha hecho saltar hasta los techos y a mí no me ha movido un pelo. ¿Por qué? Porque hace mucho quedé inoculado contra los triunfos que se agotan al día siguiente, las victorias deportivas que a este país le parecen más importantes que las victorias morales y porque la gran lección que dejan este tipo de triunfos es que suelen ser pasajeros y solo sirven, mañana, para vivir añorando las glorias pasadas. Pero tengo una razón más para mitigar mi entusiasmo por el triunfo de hoy.

Y es que si estamos dispuestos a vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas (en este caso, por una copa, una medalla o alguna preseea deportiva), pues entonces prefiero guardar mi emoción para otra ocasión. Porque no quiero nada de un triunfo y de un país que está dispuesto a salir a las calles a protestar contra el autoritarismo de arriba, pero se hace de la vista gorda cuando una señora, de la manera más prepotente y coprolálica, insulta sin el menor empacho a nuestras hijas frente a las cámaras de televisión para motivarlas. Si el precio que debemos pagar para lucirnos en el podio de los ganadores es la humillación pública y mundial de nuestros hijos, no gracias, conmigo no cuenten.

No juzgo a los padres que desean, a su manera, lo mejor para sus hijos ni a los que están dispuestos, en nombre de ellos, a elegir esa innecesaria humillación con tal de ser campeones en alguna disciplina deportiva, pero algo debe de estar mal en nuestro chip mental si creemos, si estamos dispuestos a condenar y rechazar una forma de autoritarismo y aceptar otra solo porque nos brinda laureles deportivos. Disculpen, ¿pero no fue ese mismo argumento, el de los resultados sin importar los medios, el que utilizó el fujimorismo para perpetrar las atrocidades y los peores actos de corrupción mientras se mantuvo en el poder?

Como ciudadano, antes que como peruano, no creo exagerar cuando digo que sigo sorprendiéndome cómo las autoridades deportivas (las actuales y las que las precedieron), no han retirado a la señora Málaga del cargo que desempeña después de todas las muestras de orgullosa prepotencia que ha dado públicamente contra sus dirigidas. Cómo, en nombre de los lauros deportivos obtenidos, soporta a esta señora que hace lucimiento y gala del autoritarismo más frontal que conoce el país. No se dan cuenta de que el pésimo ejemplo que deja es el de que solo a gritos y con un carajo bien puesto, los peruanos (peor aún, las peruanas) funcionan. Y cómo cualquier discurso, campaña o lección sobre ciudadanía, buenos modales y corrección en la política (el desempeño de una función pública, se entiende) se va por el caño cuando tenemos que soportar los disfuerzos de esta señora en pantalla gigante. Y encima aplaudirlos, tanto desde la derecha como de la izquierda.

¿Por qué creemos que estas mismas jovencitas que han logrado tremenda hazaña deportiva no obtendrían el mismo resultado con otra persona que no se crea con el derecho y deber a humillarlas? ¿Tan convencidos estamos como país que solo siendo autoritarios obtenemos resultados? ¡Cuánta poca fe en nuestra juventud! (González Prada, al que tanto gustan citar todos y que depositaba su confianza en nuestra juventud, debe estar revolviéndose en su tumba).

Casi doscientos años después de fundada la república, somos un país que sigue construyéndose porque no está dispuesto a renunciar a los vicios del pasado, a las rémoras de siempre, al lastre de los resultados sin importar las consecuencias. ¿Hasta cuándo? ¿Quién debe ser el primero en dar el ejemplo? ¿Si no son nuestras autoridades, no deberían ser los padres los primeros en advertir los peligros del doble discurso de esta victoria? Por eso, Rodrigo, amigos, disculpen que no celebre con ustedes un triunfo empañado por una demostración de autoritarismo y vulgaridad que a mí no me emociona del mismo modo como al resto. Un foma de autoritarismo visceral y guaso (festejado por todos en las redes sociales) que he rechazado en las calles y que no me permito aplaudir en la sala de mi casa. No es el tipo de triunfos que espero que celebre ciegamente mi país y menos mi hijo. Aunque suene feo y poco patriótico decirlo, y tal vez por eso no lo comprenda (mejor ser aguafiestas ahora que mañana cronista de otra década de corrupción y crímenes cometidos en nombre de la mano dura que supuestamente necesitamos).

Pobre país este si se deja convencer que a punta de gritos, insultos y coprolalia funcionan las cosas y se obtienen resultados. En algún lugar de la Diroes una persona se habrá apuntado una victoria moral. Y esa será la primera de otras. Como la de lograr entrar a la historia como desea: el salvador y pacificador que este país necesitaba y que obtuvo resultados sin importar los medios a los que tuvo que recurrir para ello.

Tremenda mentira.


Escrito por

Jorge Moreno Matos

Periodista por accidente. Historiador frustrado. Padre orgulloso. Rabiosamente ateo.


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