habla en su lengua

Machu Picchu o la Historia como una forma de compromiso

Un comentario sobre los calateos místicos en nuestro monumento histórico

Publicado: 2014-03-25

Desde siempre a mí me ha quedado bastante claro para qué sirve la historia, ya sea el escribirla o leerla. Y al leer el texto de Mark Rice sobre los orígenes del turismo hippie en Machu Picchu, pues estoy más convencido que nunca: La historia sirve para cambiar a las personas o un estado de cosas que, desde los griegos, era previsible y por lo mismo corregible. Aunque un pesimista Aldous Huxley nos diga que "Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia", la Historia sí sirve para algo. Si hay quienes creen que la historia es solo un cúmulo de datos y conocimientos que se acumulan a lo largo de los años con los cuales presumir en una reunión o en un muro de Facebook o en tu blog, o para escribir un libro que nadie leerá pero que de todos modos hay que escribir, pues no son muy distintos de los incautos que creen que devorar los libros de Paulo Coelho los hace cultos. Así de sencillo. Y como dije, el texto de Mark Rice lo prueba. 

Creo que en esta polémica sobre los calatos místicos en Machu Picchu ha dado en el quid del asunto cuando escribe: “Sin embargo, los recientes incidentes y sus antecedentes históricos deben llevarnos a reconocer el compromiso de enseñar y hablar sobre los Incas no como una civilización mística, exótica y extraña. Hay que subrayar que los pueblos que construyeron Machu Picchu tienen una historia similar a otras civilizaciones. Si no trabajamos para cambiar las falsas impresiones del pasado peruano que todavía dominan las narrativas turísticas, no debemos sorprendernos cuando lleguen viajeros ‘exóticos’ en busca de un Machu Picchu igual –y equivocadamente– exótico” [los subrayados son míos].

Es decir, del mismo modo como combatimos a la Paisana Jacinta o los realities juveniles de la televisión, existe la necesidad de combatir con el mismo empeño y furor estas narrativas que ofrecen una lectura tan absurda como equivocada de nuestro pasado y que abonan las que desmerecen los logros del hombre andino achacándole consideraciones ‘místicas’ a estos (Macera escribió que el mayor mérito del hombre andino era haber creado una civilización en un medio tan agreste como el suyo). Así, ofrecer ante ello alternativas como alentar “el turismo nudista en la ciudadela, señalando lugares y horas propias para ello”, me parecen de una laxitud sorprendente. Lo único que hacen es abonar en favor de estos discursos que no están muy lejanos de los que también afirman que Machu Picchu lo construyeron les extraterrestres ¿Qué vamos a hacer en consideración a estos otros? ¿Construir un observatorio para avistar ovnis en la ciudadela por condescendencia con los adictos a esta ‘teoría’ de nuestro pasado? Si la Historia sirve para esto, mejor hubiera complacido a mi padre y estudiaba Derecho.

No voy a caer, como expresé en un comentario anterior, en simplicidades que esta frase de la señora Liuba Kogan reclama a gritos: “La verdad, calatearse no es tan malo…” (La de cosas y lugares que se me ocurren para poner a prueba la tolerancia de los que piden tolerancia con el calateo en Machu Picchu), pero sí voy a insistir en lo que afirmé: Ceder ante estas tonterías hiere la sensibilidad de quienes vemos un monumento histórico con la misma veneración que otros ven una iglesia, una sinagoga o una escuela para infantes (disculpen la poca elegancia y majadería de citarme a mí mismo, pero solo quiero reafirmar lo que ya expresé anteriormente). ¿Por qué en esta polémica un monumento histórico tiene que ser menos, por ejemplo, que una Iglesia? No, en absoluto se trata de una cuestión de moral o pudor.

Del texto citado quiero subrayar una palabra que me parece fundamental: Compromiso. Así como algunas novelas me ayudaron en el pasado a comprender muchos libros de Historia, así hoy el texto de Rice me ha hecho recordar y comprender mejor la tan olvidada teoría sartreana del ‘compromiso’ de la que abjuró Vargas Llosa y que aprendí en mis años en San Marcos. ¿Cuál es el compromiso de un historiador ante esta ola de desnudos en nuestro principal monumento histórico? ¿Ser comprensivo y tolerante y permitirlo haciendo recomendaciones para ello? ¿O cambiar los discursos que los alientan y ofrecer narrativas históricas que expresen y expliquen el verdadero valor y sentido de este monumento?

Además creo, sin exageración alguna, que este tipo de cosas, este tipo de posición con lo que sucede en Machu Picchu, es lo que vuelve banal a la Historia, al trabajo del historiador y a las conclusiones o descubrimientos a los que llegan estos luego de años de dura investigación (para que quemarse tanto las pestañas si al final todo lo resuelve una teoría mística en torno a lo que ellos han investigado tanto). Y, por supuesto, vuelve banales las opiniones que se les pide a los historiadores sobre este o aquel tema si relativizan todo, si son tan concesivos con ellas o con otras ‘modas’. Por eso soy un firme creyente que es una cuestión de ‘compromiso’ abjurar de ellas a tiempo y ponerle coto temprano. Si no, mañana estaremos opinando sobre lo lindo y místico que es armar una orgía en la plaza principal de Caral. ¿Por qué no, si el sexo es lo más saludable y normal que existe y no tiene nada de condenable practicarlo?

Por supuesto, usted, todos, están en la libertad de elegir la alternativa que mejor vaya con su posición y compromiso con la Historia o su forma de entenderla porque esta, aunque muchos lo crean, no solo es el ejercicio banal de acumular datos y deleitarnos mirándonos el ombligo unos a otros.

La Historia es mucho más que eso.


Escrito por

Jorge Moreno Matos

Periodista por accidente. Historiador frustrado. Padre orgulloso. Rabiosamente ateo.


Publicado en