tiene buena memoria

Malas noticias desde La Rifa

¿En qué momento se jodió El Comercio, Fritz?

Publicado: 2014-04-01

El periodismo es uno de los oficios más riesgosos del mundo tanto en las calles, donde algunos buscan la noticia, como en la comodidad de las oficinas desde donde otros, como yo, redactamos nuestras notas. Así como a muchos colegas una bala perdida, la réplica de un terremoto o los golpes y bombas lacrimógenas indiscriminadas de las fuerzas del orden reprimiendo una protesta pueden dejarlos mal heridos, del mismo modo hay riesgos y peligros en una sala de redacción que pueden igualmente dejar tan mal heridos, maltrechos y contusos como los primeros (tanto en el orgullo como en la reputación) a los más desprevenidos. De todos estos riesgos de salón, ninguno más pernicioso y cancerígeno que el del conformismo. ¿Por qué? Porque es el que amenaza más la propia condición de periodista.  

El día viernes, Nelly Luna Amancio, una de las periodistas más premiadas y más inteligentes del diario El Comercio, renunció a esa casa editora. Las razones de su renuncia las ha expuesto en su muro de Facebook de un modo que no deja dudas sobre los motivos de su valiente decisión. Hoy, hace apenas unas horas, otro periodista del mismo diario, Óscar Castilla, anunció por el mismo medio que hizo lo propio. Lo cual quiere decir, resumidamente, que el Decano de la prensa nacional se está quedando, de a pocos y sostenidamente, sin los nombres que le dieron lustre la última década. Y que, en su reemplazo, estos están siendo reemplazados por periodistas y editores casi analfabetos que no saben nada de periodismo y mucho menos de lo esencial de las cosas esenciales.

Si a estas dos renuncias le sumamos la de aquellos que los antecedieron en este higiénico y saludable ejercicio de la dignidad periodística, y la de aquellos expectorados por los nuevos mandamases del diario por el solo delito de estar en la orilla opuesta de lo que ellos entienden por periodismo, no tengo la menor duda de que ese diario seguirá el camino del éxito que siguen los libros de Coelho, Chopra o Pedrito Suárez Vértiz: libros (periódicos) que se venden bien, en los que se leen cosas bonitas, se ven gente todavía más bonita, pero completamente vacíos de toda sustancia. Que no se extrañe que su suplemento Viú (que reemplazo a uno estupendo de noticias internacionales) termine marcando la pauta de todo lo que publique de aquí en adelante el decano de la prensa nacional.

Es contra este estado de cosas que las renuncias de Nelly y Óscar deben ser entendidas. Por lo menos así las entiendo yo, que fui testigo de los afanes de ambos al escribir sus notas, escudriñar todas las aristas de una denuncia o una noticia, por simple que fueran estas. Viendo trabajar a Nelly a lo largo de los años, por ejemplo, me convencí que jamás sería reportero, que mi lugar en el periodismo era otro. Ella le imprimía a su trabajo una dedicación y una disciplina espartana que la convertía en la personificación viva de aquello de que el periodismo es un apostolado. Ella es la encarnación misma de esa frase.

A esto me refería cuando decía que el conformismo es el cáncer de los auténticos periodistas. Porque al renunciar, estos periodistas lo hacen a buenos sueldos, facilidades logísticas para su trabajo y a una serie de prerrogativas que te otorga el trabajar para un medio como El Comercio. Aunque suene huachafo y cursi decirlo, renuncian a una holgada comodidad por una cuestión de principios. Algo digno de encomio que solemos ver muy poco en estos tiempos y mucho menos en nuestro oficio. Y de lo que muchos prefieren no hablar.

Una de esas periodistas reñidas con el inconformismo, por ejemplo, que no ven que suceda nada malo en el decano y que afirman que todo marcha bien escribió en una ocasión que en El Comercio jamás le han censurado una nota, puesto una coma o dicho a quien sí o no entrevistar. Me alegro por ella, sinceramente, porque es un privilegio que muchos de nosotros no tuvimos. A mí, por ejemplo, cuando trabajé en la sección Mundo me censuraron tres notas: una sobre el verdadero trasfondo del viaje del entonces papa Benedicto XVI al Reino Unido, en medio de una disputa teológica y política en la cuna del anglicismo; otra sobre los Museos de la Memoria que existe en el Mundo, que pensé escribir con ocasión de la colocación de la primera piedra del que se construye en Miraflores; y una tercera que ya no recuerdo o tal vez prefiero no recordar por la mala leche con que la señora suele decir “¡Esto no va!”. La de Benedicto incluso estuvo diagramada y aprobada por el editor de la sección, y a la que este tuvo que buscar un reemplazo de último minuto cuando Doña Martha le bajó el dedo. Como dije, un privilegio que otros no han tenido y por eso escriben columnas celebrándolo y reciben programas de televisión en premio. Me alegro por ellos. En serio. (Hagamos votos para que no haga lo mismo en Canal 4 si es que se concreta su ingreso al directorio de ese canal, como algunos rumores han empezado a vocearlo). 

Pero así como el ejercicio del periodismo te enseña que puede ser riesgoso de distintos modos, también te enseña que es una forma de cinismo impreso que sirve para postularte a premios, recibir homenajes o, simplemente, vender más papel para envolver pescado. Lo prueba lo sucedido con la Unidad de Investigación de ese diario, cuyo capítulo final parece haber sido escrito hoy día. Descabezada y comunicado a sus integrantes que serían reasignados a distintas secciones del diario, el camino de la hidalguía estaba señalado por cartas de renuncia. Porque, claro, luego de investigar a la gran corrupción que nos corroe, eso de volver a investigar a las bodegas que adulteran licor o los casos de corrupción exclusivamente de los enemigos políticos, no hay manera de seguirse viendo al espejo cada mañana sin sentir lástima o vergüenza por uno mismo.

Tomen nota de un hecho que no debe pasar desapercibido para nadie: Este capítulo final de la Unidad de Investigación del diario El Comercio (que destapó, tal vez, los casos más sonados de corrupción en el país) se escribe el mismo día en que Alan García es limpiado de polvo y paja por un Poder Judicial sometido a los designios de Alfonso Ugarte de los delitos que la Megacomisión le imputaba. El mismo día en que el ex presidente del ego colosal publica un artículo tan enjundioso como desopilante sobre su inocencia en el mismo diario y en el que falta ostentosamente a la verdad (o, en el mejor de los casos, omite detalles que no le mueven una pestaña a su director Fritz Du Bois). Y el mismo día en que todos los peruanos descubrimos que tal vez tengamos los presidentes que nos merecemos, pero no un Poder Judicial anexo de la Casa del Pueblo.

Después de leer las cartas de renuncia de Castilla y Luna, y antes el artículo de García en El Comercio, está visto que las páginas del decano de los tiempos del señor Du Bois se han convertido en el más desfachatado contubernio contra la democracia, la verdad y la justicia. Así que tal vez El Comercio ya no sirva ni siquiera para envolver pescado. Tal vez para algo más en el toilette. 

Solo una última pregunta, ¿En qué momento se jodió El Comercio, Fritz?


Escrito por

Jorge Moreno Matos

Periodista por accidente. Historiador frustrado. Padre orgulloso. Rabiosamente ateo.


Publicado en