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Sobre nuestro despotismo ilustrado, otra vez

Publicado: 2014-04-25

Un interesantísimo debate sobre lo que vendría a ser nuestro 'Despotismo Ilustrado' es el que se está desarrollando en el muro de Facebook de Augusto Ruiz Zevallos. No es mi intención terciar en el mismo e incidir más en un tema sobre el que ya escribí en su momento (sobre el propio Macera en dos ocasiones, aquí y aquí; y en otra cuando comenté una nota que publicó Trazegnies en El Comercio sobre "¿Para qué sirve la historia?"), pero sí me gustaría señalar tres cosas. 

La primera de ellas: si hemos de ser tan comprensivos y magnánimos con Macera, seámoslo también con Trazegnies y todos los intelectuales que colgaron la toga para ponerse un mono naranja y servir muy bien a un régimen del que ya se ha dicho y escrito suficiente para saber de quién se trataba. Si Macera es un gran historiador, Trazegnies es un gran abogado y ese otro un gran ingeniero agrónomo y aquel un gran economista y así con todos con los que hay que ser indulgentes por mirar hacia otro lado mientras el país era secuestrado por una banda de ladrones y delincuentes de primerísimo nivel. Si esto es así, ¿qué sentido tuvo firmar un manifiesto como este? ¿A quién le permitimos 'retornar' y a quién no? ¿Solo los que apellidan Fujimori están proscritos? Y los que contribuyeron a lavarle la cara con su prestigio académico e intelectual ¿no? Menuda cuestión. 

Una segunda cosa es que todavía me sigue sorprendiendo cómo es que hay personas verdaderamente inteligentes que sigan separando la ética del intelectual de la del hombre. En otras palabras, que se puede ser el desvergonzado encargado del servicio de lavandería de una dictadura de las aulas para afuera siempre y cuando dentro de ellas deslumbre con su inteligencia a sus discípulos y escriba memorables estudios que todos leeremos, citaremos y recordaremos con fruición. Este es un tipo de permisividad con la que siempre me atraganto. Y me atraganto por una sencilla razón: Si alguien está mejor preparado que cualquiera de nosotros para percibir la entraña corrupta y delincuencial de un régimen, son precisamente estos intelectuales de los que se espera que se conviertan en conciencias cívicas de un país y no en corifeos de satrapas y sus cómplices.

Y la tercera, no menos importante, sobre el legado (indiscutible) de Macera. De él y su legado historiográfico se puede decir lo que en una ocasión escribí sobre su maestro, el gran Porras Barrenechea: Con Porras, los historiadores peruanos hacemos lo que el común de la gente hace con la selección peruana de fútbol de 1970: vivir de su gloria pasada. Está bien recordar los grandes libros o estudios que Macera publicó, pero más conveniente y productivo resultaría ahora, en vez de este nostálgico ejercicio memorístico, pensar y discutir los otros libros que Macera no escribió y para los que estuvo preparado mejor que nadie. De lo que sembró, ¿cuánto es lo que se ha cosechado? ¿Quiénes han escrito esos grandes libros o síntesis que Macera prefirió o eligió no escribir?

La impresión que me deja este debate es que seguimos discutiendo el pasado desde el pasado mismo. Y que el futuro de nuestra historiografía no es más que una eterna mirada nostálgica de lo que los amigos escribieron ayer y no de lo que esperamos que escriban mañana.


Escrito por

Jorge Moreno Matos

Periodista por accidente. Historiador frustrado. Padre orgulloso. Rabiosamente ateo.


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